26 de mayo de 2008

El dulce tacto de la muerte

Esperaba intranquilo la contestación a su carta, pensando en qué podría contener, como un niño pequeño el día de navidad esperanzado todavía por la ilusión digna del inocente. La última carta que había escrito era quizás la más profunda, la más personal e importante, la que acuciaba la interminable espera. Se mantenía quieto, inmóvil, evitando siquiera respirar fuerte, para captar cualquier ruido anómalo, fuera de sitio, cualquier cosa que se pudiera interpretar como la llegada de ese papel, insignificante para todos, vital para él. Por fin, ahí estaba, aquel pedazo disforme y rasgado de folio, que contenía la respuesta al suyo propio.

<< ¿Qué es lo que hace que no nos volvamos locos? Lo que hace que no os volvamos locos, es la fe, la fe en todo lo que no nos ha sido arrebatado, la fe en los sueños, por imposibles que sean, la fe en la imposibilidad, la fe en la esperanza, la fe en lo que sea. Sí, eso es, la fe>>

La fe, ¿Así que era eso el motor de la cordura? Realmente, le resultaba extraño que algo con tan pocas letras pudiera mantener a un hombre con su condición de hombre, con su mente viva, con su voluntad capacitada. Se sentó y con el mensaje aún en sus manos empezó a reflexionar sobre la respuesta y llevando las inmediatas consecuencias a su mente. ¿Cuál era su fe? Dios era demasiado abstracto para él, demasiado ausente, demasiado irreal, por lo que empezó a pensar cuál era la razón por la que le gustaba ver el alba un día más. Y tras poco tiempo se dio cuenta de qué era lo que constituía la razón de su existencia, por llamarlo de alguna manera, la esperanza, la ilusión, la vida en su más pura y primitiva forma. Sí, eso era, la vida era su fe. Mientras, satisfecho, doblaba la carta hasta convertirla en un tercio de lo que era en un principio y la arrojó al exterior. Allí estaba él, con aquel uniforme gris de prisión no demasiado cuidado y sus zapatos negros de prisionero, encerrado entre aquellas paredes que encadenaban su alma a aquel lugar despojado de luz, de calor y de vida. Al menos, les dejaban afeitarse y asearse, quizás lo último que les dejaban de condición humana tras dirigir su destino al eterno confinamiento entre aquellas paredes de roca. Su cara mostraba varias muestras de los continuos enfrentamientos que había tenido a lo largo de su vida, con la más que tópica cicatriz en la mejilla y con las manos al borde de la gangrena debido al frio invernal que recorría su celda desde hace unos días. Nunca le dejaba de impresionar cómo habían sido capaces de reducir la condición humana a los limites más básicos, mas acuciantemente vergonzosos, sencillos, a los limites más vitales. Pero él había encontrado un único refugio de fantasía, de escape de la realidad, un último subterfugio de resistencia donde la ilusión se formaba en forma de cartas escritas sobre el primer trozo de material sobre el que se pudiera escribir.

Fue uno de los primeros días, cuando en la esquina derecha de su celda encontró un pequeño agujero que daba a la celda contigua. No les dejaban verse entre los prisioneros, ni siquiera hablar entre ellos, por lo que un día se le ocurrió coger un trozo de papel que había encontrado tirado en uno de los pasillos y escribir con un lapicero “prestado” de la mesa del guardia algo que se asemejaba a un saludo. Y desde entonces, se escribía como podía con aquel misterioso preso de la celda de al lado, del que no sabía ni el nombre, acerca de las cosas que aun les importaban en su vida. Empezaron hablando de lo que habían hecho para llegar allí, de dónde eran y cosas relativas a su infancia. Pero las últimas cartas, eran las más profundas, las que hablaban de la vida, de la ilusión, de lo que les ayudaba a seguir, y de entre ellas, esa última era la que culminaban todas ellas. Se sentó en la fría piedra y esperó allí, quieto, la caída del sol, y la supremacía de la noche que darían paso a su día final.

Se despertó con los primeros rayos de sol que rompían la oscuridad de aquella celda del corredor de la muerte. Ese era el día, el día al que el tanto temía, el día que tanto se había hecho derogar, el día de su ejecución. No serían más de las ocho de la mañana y él ya estaba despierto, quieto, sin mover un músculo, como una sombra en un cuadro tenebrista, un cuadro demasiado real. Empezó a pensar irónicamente en lo que le había llevado hasta aquel lugar, en el crimen que había cometido. Rápidamente vinieron a su mente los recuerdos congelados de aquel cuchillo hundiéndose lentamente en la carne de aquel hombre, vio desde el cristal del tiempo cómo toda su ira hacia aquella persona se hundía con aquel cuchillo mientras la sangre manaba de la herida. Realmente, lo volvería a hacer, una y otra y otra vez. Es lo que merecía aquel monstruo que había violado a su hermana. Él no tenía la culpa de haber sido educado en un mundo de violencia, donde la ley del más fuerte se aplicaba, él no tenía la culpa de haber vivido entre la miseria y mucho menos de que un ricachón viniera en su prepotencia a hacer lo que quisiera con su familia. No, aquella ofensa no quedaría impune de castigo, por lo que agarró el cuchillo y haciendo acopio del instinto animal que se le había inculcado con la infancia, con la familia y con la vida misma y lo hundió en el corazón de aquel hombre. En realidad sí se arrepentía de algo, y era verdad, se arrepentía de haberle quitado la vida a un ser humano, se arrepentía de haber segado su alma, pero no se arrepentía de haber matado un monstruo. Pero todo aquello no importaba en absoluto, ya no tenía importancia, todo aquel dolor, y remordimiento, no eran considerados penitencia, la horca era su irremediable destino. Una gota caía del techo poco a poco, chocando estridente contra el suelo y rompiendo el sagrado silencio de aquel lúgubre lugar, posada de las almas condenadas, mientras el viento soplaba fuera, casi imperceptible. Las horas pasaban y se acercaba aquel temido instante, por lo que cogió el papel que tenía en uno de sus bolsillos de presidiario y escribió la última carta, la atestiguación de su última voluntad, plasmada en un insignificante papel, sus últimas palabras las dirigiría a su extraño y misterioso amigo, a su confidente secreto, al testigo de todos y cada uno de sus errores y virtudes.

Estaba quieto, acurrucado en una esquina de la celda, cuando las campanas empezaron a sonar. Aquel sonido le sorprendió, provocándole un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Se incorporó y se acercó a la ventana. Quería echar un último vistazo, a través de los barrotes a un mundo que fue inadecuado para él. Aquel paisaje invernal, aquellos campos cubiertos de nieve, aquellas maravillas de la naturaleza….hicieron que una lagrima resbalara lenta por su mejilla derecha, despacio, hasta perderse en la oscuridad. Querría quedarse viendo aquel paisaje toda la eternidad, pero para él, las arenas del tiempo caían tan rápido… Fue entonces cuando un sacerdote escoltado por dos guardias de seguridad abrió la puerta de su celda y le preguntó:

-¿Quieres confesarte, hijo?

-¿Confesarme?-dijo, y después hizo una pausa para después continuar-¿Qué quiere que diga, que me arrepiento de lo que he hecho? ¿Quiere que le diga que me arrepiento de haber hecho justicia, aunque sea de esa manera tan vergonzosa? Pues sí, me arrepiento de haber segado una vida con mis manos, me arrepiento de haberle mirado a sus ojos vacios con la ira de los míos, me arrepiento…..pero aun así, lo volvería a hacer, una, y otra, y otra vez y a arrepentirme una y otra y otra vez. Si Dios quiere darme perdón por eso, nos veremos en el cielo, pero me parece que eso no es más que un cuento de hadas, con su permiso, señor.

El sacerdote se quedó mirándole, observando al autor de aquellas palabras, como impresionado, ofendido y a la vez sorprendido. Tras unos instantes, los guardias lo agarraron cada uno de un brazo y lo acompañaron fuera de la celda. Fue entonces cuando el pánico se hizo dueño de la razón, cuando las lágrimas empezaron a fluir, cuando los gritos empezaron a suceder, cuando las palabras se le escapaban cuando trataba de hablar, cuando el miedo corría por sus venas. Mientras los guardias lo escoltaban hacia el patio por el corredor gris, alguien gritó desde su celda:

-¡¡Dios está contigo!!

Y él, dejando momentáneamente de llorar respondió en un grito:

-¿Si está conmigo porque me deja morir?

Toda su vida corría ante sus ojos, rápida, veloz, pero lo suficientemente despacio como para poder quedarse con cada fotograma, con cada imagen congelada que pasaba fugaz, casi etérea, imaginaria, pero a la vez real. Los momentos pasaban por su cabeza se sucedían unos a otros, su infancia, su adolescencia, su familia, los tiempos felices, los no tan felices, las imágenes de su crimen….y finalmente, todo ello se desvaneció de golpe para dejar paso a la imperante imagen de la horca ante sus ojos. Sin darse cuenta se encontró subida a la tarima de madera donde le esperaba su fin. Fue entonces cuando el sacerdote dijo:

-¿Deseas decir algo antes de concluir la ejecución?

Y permaneció allí, impasible, mirando al horizonte invernal. Y en ese instante del tiempo, de sus ojos manó la última lágrima, la más profunda de todas. Y mientras resbalaba por su cara, sintió el frio de la cuerda recorrer su cuello.

-Habéis atrapado un cuerpo en vuestras frías garras. Os habéis alzado como si de la muerte os tratarais. Vas a arrebatar un cuerpo de su vida, pero atrapad mi alma ahora si así lo deseáis, pues está a punto de echarse a volar.

Y ofendido por esas palabras, el director de la ejecución golpeó la palanca que liberaría la trampilla. El sintió como la soga lo ahogaba, sintió como el aire no podía escapar de sus pulmones, como iba perdiendo poco a poco, gota a gota, la vida. Empezaba a perder la visión a la par que la agonía crecía y la sensación de no poder liberar el aire se hacía más grande. Y después nada. Nada salvo la ultima sensación de haber liberado algo, pero no el aire de sus pulmones.

En la celda contigua, amparado por las sombras de la noche, un preso lloraba amargamente, su alma desgarrada profería gritos de pena, de añoranza, de sufrimiento… Y en sus manos, la última carta que recibió, aun abierta:

<<Marca estas palabras y que ellas te ayuden a mantener tu fe viva. Por favor, no te preocupes por mí, mi alma vivirá, y sé que nos volveremos a encontrar. Por fin, me he ido a descubrir la verdad, más allá de los límites del bien y del mal, más allá de la sinceridad y la mentira, más allá de la muerte. Porque, cuando ves que tu tiempo se acerca, tal vez es cuando empiezas a entender, que la vida es tan solo una extraña ilusión>>

24 de mayo de 2008

La sangre de la inocencia

Un sueño. Una imagen etérea entre la niebla. Un espejismo. Una irreal causa de existencia, que se desvanece como una sombra. Una lágrima, una esperanza, una ilusión más brillante que mil soles que agonizan.

Mi corazón late con fuerza, la sangre golpea en mis venas furiosa. Me arde. Los latidos son rápidos, tan rápidos que sería difícil distinguir el nacimiento de uno de la muerte de otro. El oxigeno se quema en mis pulmones como si ardieran bosques enteros. Mis pies corren casi sin sentido mientras por mi mente pasan raudos pensamientos cortos. Ahora debo girar a la derecha, ahora a la izquierda, ahora me agacho. No podía pensar en nada mas, no mientras las el metal de las balas silbe detrás de mí. No tengo miedo, no tengo tiempo para tenerlo. Tan solo debo correr. Cada pulsación riega acido de batería. Corro para después correr y seguir corriendo. La luna lanza lívida plata a la noche, sus rayos destellan a cada esquina, a cada avenida. Su tenue fulgor cabe en mi mano. Solo oigo gritos, gritos y más gritos. Gritos de mujeres, de hombres y…válgame dios…de niños. Otra ráfaga de balas desgarra el aire con un silbido, para golpear la dura piedra de las paredes del gueto. Giro otra esquina. Otra patrulla me ha visto y empieza a correr en mi persecución. Debo acelerar el paso, no puedo dejar que me atrapen. Las balas no dejan de estallar sordas contra las paredes y el suelo. No comprendo cómo aun no me ha alcanzado ninguna. Sigo corriendo, mis pies casi no notan el suelo. El cansancio me a abandonado, siento el torrente de adrenalina alimentar mis células. Mis músculos están tensos, mi mirada fija, mi mente baraja tantas cosas que no consigue pensar en nada concreto. Imágenes de niños muertos, de mujeres violadas inundan los macabros pensamientos de esta carrera por mi vida. Sigo corriendo. Parece que he despistado a la patrulla que me seguía. Doblo la esquina y me paró en seco. Puedo decir que al fin la he visto, a ella, a la muerte. Su mirada es fría y despiadada, su semblante gris e inexpresivo, sus ojos fríos y llenos de odio. Y su guadaña es la pistola que ahora mismo me apunta a la cabeza. La pólvora estalla silenciando los gritos. Puedo sentir el instante en el que el percutor golpeó la bala. El metal alargado silba el aire, esta vez va más lento que cualquier otra. La bala atraviesa mi cráneo, pero no muero. No puedo moverme, caigo al suelo sin remedio. El polvo se levanta a mí alrededor. Siento como la sangre recibe la mortecina luz de una luna que grita de desesperación. Mis pupilas dejan de atrapar la luz, ahora aman la oscuridad. Lo último que puedo ver es a la luna llorar. Pero aun no muero. Sigo oyendo el sonido de disparos volar sobre mi cabeza. Aun siento el gotear de la sangre, para acabar en el charco que rodea lo que pronto será un cadáver yaciente entre tierra y asfalto. Los sonidos se ahogan. Siento unos pasos débiles que se acercan.

-Mátalo, no sirve para llevarlo a los campos.

La orden es efectuada a la perfección. Esta vez no veo la bala, pero la siento venir. El grito de agonía que el aire hace al ser cortado por el metal es mi último sonido audible. Espero el impacto que se hace de rogar. Al fin, llega a mi cabeza, rompiendo las últimas muestras de conciencia, de pensamiento…y de alma.

En las calles del gueto, yace un cuerpo bañando en escarlata, como en un naufragio de sangre. Su rostro refleja el miedo de la guerra, la más cruel de sus caras. Y otra alma humana queda olvidada en el infierno de piedra, metal y sangre.